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20 de enero de 20259 min de lecturapor Daniela Rubinacci

Partir no es solo desplazarse. La migración como transformación de la palabra

Daniela Rubinacci en su consulta de psicoterapia en Madrid

Hay algo que quien migra conoce bien y que resulta difícil de explicar a quien no lo ha vivido: el momento en que uno se da cuenta de que ya no es la misma persona que era antes de partir, pero tampoco es todavía la persona en que se convertirá.

Hay algo que quien migra conoce bien y que resulta difícil de explicar a quien no lo ha vivido: el momento en que uno se da cuenta de que ya no es la misma persona que era antes de partir, pero tampoco es todavía la persona en que se convertirá. Se está en el medio, en el umbral, en un lugar que aún no tiene nombre preciso y que, sin embargo, hay que habitar.

La migración suele describirse como un desplazamiento físico, de un país a otro, de una ciudad a otra, como si el movimiento fuera principalmente geográfico y el resto siguiera naturalmente. Pero lo que ocurre dentro, en el tejido más profundo de la identidad, es algo bastante más radical: una transformación que, como todas las transformaciones profundas, pasa por la palabra, o más a menudo por su crisis.

La lengua que no es tuya

Quien se encuentra empezando de nuevo en un nuevo país conoce una forma particular de malestar que no tiene que ver con la competencia lingüística, y que por eso mismo es difícil de nombrar. No se trata solo de no encontrar las palabras correctas en español, en inglés, en francés; se trata de algo más sutil: la sensación de que esas palabras, incluso cuando llegan con fluidez, no son del todo propias, de que se las usa sin sentirlas resonar de la misma manera en que resuenan las de la lengua materna.

En la propia lengua las palabras tienen historia, están cargadas de infancia, de olores, de momentos específicos e irrepetibles. La palabra casa en italiano no es igual a la palabra casa en español, aunque se escriban de manera idéntica, porque llevan mundos distintos, sedimentados en capas de experiencia que la traducción no alcanza a transferir. Y cuando se vive en una lengua no propia, se habita inevitablemente cierta distancia entre uno mismo y lo que dice, una especie de desfase entre el pensamiento y su expresión que puede resultar agotador o, en otros momentos, curiosamente liberador.

Celan escribía en alemán, la lengua de sus perseguidores, y la convirtió en su lenguaje poético más profundo y más personal; Cioran abandonó el rumano por el francés y afirmó que reescribirse en otra lengua fue su segundo nacimiento. No todos somos Celan o Cioran, pero la experiencia que describen, habitar una lengua no completamente propia, encontrar en esa distancia una forma de pensamiento, pertenece, en alguna medida, a quien haya atravesado una migración.

Lo que se pierde y lo que se encuentra

Partir significa dejar, y no solo los lugares. Se dejan también los roles, las relaciones, la red densa de reconocimientos mutuos que en el país de origen nos decía quiénes éramos sin necesidad de explicarlo. En el lugar de procedencia cada uno ocupa una posición hecha de historia compartida, de memoria común, de una manera de ser reconocidos por la familia, los colegas, los amigos, incluso los desconocidos, que no requiere presentación porque ya está implícita en el hecho de estar ahí.

Cuando se llega a otro lugar, todo eso se reinicia desde cero: nadie te conoce, nadie sabe quién eras antes de llegar, y hay que empezar a construir de nuevo una presencia que en el origen se tenía sin haberla construido conscientemente. Construir requiere palabras, presentaciones, narraciones de uno mismo que antes no eran necesarias precisamente porque se daban por supuestas, y esa necesidad repentina de explicarse puede resultar extraña, a veces agotadora, como si de pronto hubiera que justificar la propia existencia ante cada nuevo interlocutor.

Y sin embargo, en esa misma dificultad reside una posibilidad poco frecuente: la de contarse desde el principio, la de elegir conscientemente qué conservar de la historia anterior y qué dejar, la de construir una identidad que no sea solo el producto acumulado de lo que se ha sido sino también de lo que se elige llegar a ser. La migración, en este sentido, se sitúa en el límite entre el duelo y el renacimiento, y ambas dimensiones son reales, ambas merecen ser reconocidas sin que la una cancele a la otra.

El cuerpo en un nuevo país

La transformación migratoria no afecta solo a la mente ni se agota en la dimensión lingüística: afecta también al cuerpo, a la manera en que el cuerpo ocupa el espacio y se relaciona con los demás. Quien migra sabe que el cuerpo tarda en adaptarse, y no solo al clima o a la comida o a los ritmos distintos, sino a toda la configuración no verbal de la nueva cultura: las distancias físicas entre las personas, el contacto visual, el tono de voz apropiado según el contexto, los gestos que significan una cosa aquí y otra diferente allá.

Son competencias que se adquieren en la infancia casi sin darse cuenta, que se incorporan en el sentido más literal de la palabra y que funcionan de manera automática hasta el momento en que el contexto cambia y el automatismo ya no sirve. En un nuevo entorno cultural uno puede encontrarse sintiéndose torpe, malentendido o fuera de lugar sin entender exactamente por qué, no porque esté haciendo algo incorrecto sino porque el código que usa no es el compartido por quienes lo rodean, y esa experiencia de extrañamiento merece tomarse en serio, porque no es superficial ni pasajera, sino que afecta a la manera más fundamental en que habitamos el mundo y transmitimos quiénes somos.

El duelo migratorio

Existe un nombre para esa sensación de peso que acompaña a quien migra, incluso cuando todo a su alrededor funciona: duelo migratorio. Es importante subrayar que no se trata de una patología sino de un proceso normal y necesario que acompaña cualquier pérdida significativa, en este caso una pérdida que es en realidad múltiple y escalonada: el país, la lengua, la familia, los amigos, el trabajo construido durante años, la posición social, la casa, el clima, los olores y los sonidos que constituían el fondo sensorial de la vida cotidiana.

No todas estas pérdidas tienen el mismo peso ni se sienten en el mismo momento: algunas llegan enseguida, con toda su fuerza, mientras que otras emergen lentamente, meses o incluso años después de la partida, en momentos inesperados y a veces desconcertantes, cuando uno creía haber superado la fase más difícil de la adaptación. El duelo migratorio tiene además una particularidad que lo distingue de otras formas de pérdida: no es definitivo, porque el país del que se ha partido sigue estando ahí, se puede volver, y esa posibilidad, que podría parecer tranquilizadora, hace en realidad que el proceso elaborativo sea más ambiguo y más difícil, porque el objeto del duelo no está verdaderamente perdido y no puede tratarse de la misma manera.

Hay quien permanece suspendido entre dos mundos durante años sin sentirse del todo en casa en ninguno de los dos, quien idealiza el país de origen hasta hacerlo irreconocible, quien rechaza el nuevo contexto como forma inconsciente de fidelidad a lo que ha dejado. Todos estos son movimientos comprensibles, formas de gestionar una experiencia de pérdida que no tiene un modelo único ni un camino predefinido, pero que en todos los casos piden ser atravesados con conciencia en lugar de evitados.

Construir un relato

Una de las cosas más importantes que se puede hacer frente a una experiencia de migración es encontrar la manera de contarla, a uno mismo antes que a los demás, no para reducirla a una única historia lineal y coherente que la simplifique, sino para darle una forma que permita habitarla sin ser arrollado por ella. Poner en palabras una experiencia no significa simplemente describirla: significa transformarla, darle una estructura simbólica a través de la cual el sujeto puede reconocerse como autor de lo que ha vivido en lugar de ser solo su objeto. El relato ofrece algo valioso: la posibilidad de convertirse, al menos en parte, en protagonista de la propia historia, incluso cuando esa historia ha sido dolorosa y no elegida.

Hay una diferencia significativa entre ser alguien a quien le ha ocurrido algo y ser alguien que ha atravesado algo y está buscando activamente su sentido, una diferencia que puede parecer sutil pero que cambia profundamente la relación que uno tiene con su propia historia y con la persona en que esa historia lo ha convertido. Este es, en el fondo, el trabajo que se hace en terapia, pero también el que se hace en cualquier espacio de pensamiento compartido, en cualquier grupo donde personas con experiencias similares se encuentran para confrontarlas y elaborarlas juntas, descubriendo que la palabra restituida se convierte en un acto de reconocimiento: reconozco que esta experiencia es mía, que ha tenido un peso real, que me ha transformado, y que puedo seguir contándola mientras sigo viviendo.

El umbral no es un lugar de paso

Existe la tendencia a pensar en la migración como una fase transitoria que tiene un comienzo y un fin definidos: se parte, se llega, uno se adapta y la vida sigue como antes pero en otro lugar. Como si el umbral fuera solo un momento de cruce hacia una nueva estabilidad, un paréntesis entre dos normalidades.

Pero el umbral, para quien migra, se convierte a menudo en algo más que un lugar de paso: se convierte en una condición permanente, no en el sentido de una falta de integración o de un fracaso del proceso migratorio, sino en el sentido de que se aprende, y es posible aprender, a vivir en varios niveles simultáneamente, siendo de aquí y de allá al mismo tiempo, hablando varias lenguas, habitando varias culturas, llevando varias historias que no se anulan entre sí sino que se superponen y se enriquecen mutuamente.

Esta condición, cuando está elaborada y no negada, no es un límite sino una riqueza: es la capacidad de estar en el medio sin perderse a uno mismo, de encontrarse precisamente en ese espacio fronterizo donde las identidades no son datos fijos sino construcciones vivas que se negocian y se renuevan en el relato que hacemos de nosotros mismos, cada día, en cualquier lengua.

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