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17 de septiembre de 20267 min de lecturapor Daniela Rubinacci

Cuando el amor se convierte en el único lugar donde existir

Manos sosteniendo una taza, una imagen de cuidado y reconexión personal

¿Quién soy yo cuando el otro no me mira? Una reflexión sobre la dependencia afectiva, la identidad y la posibilidad de construir un lugar propio desde el que existir.

Hay una pregunta que vuelve a menudo en el trabajo clínico con mujeres que viven una relación de dependencia afectiva, a veces pronunciada con claridad, a veces solo intuida en el modo en que se cuenta una historia: ¿pero quién soy yo cuando el otro no me mira?

No es una pregunta sencilla, y es más bien una de las más difíciles y más necesarias que una persona puede llevar a un espacio terapéutico, porque para responderla hay que admitir antes que durante mucho tiempo la respuesta ha dependido del otro, y no de una misma.

El amor como lugar de existencia

Hay vínculos de los que no se sale, y no porque sean demasiado intensos o porque falte la fuerza para interrumpirlos, sino porque tocan algo más profundo y más estructural, el modo mismo en que una mujer ha aprendido a existir, a darse un contorno, a encontrar una consistencia, hasta el punto de que la relación deja de ser el espacio en el que lleva lo que es y se convierte en aquel en el que espera encontrarlo.

La mirada del otro, su reconocimiento, su aprobación, su presencia, se vuelve entonces la condición para que esa consistencia se sostenga, y cuando esa mirada se retira, cuando el otro se aleja o se vuelve indiferente, no se trata solamente de una pérdida afectiva, sino de algo más cercano a un vaciamiento, a una pérdida de contorno.

Esto explica algo que a menudo resulta incomprensible para quien no lo ha vivido, y es cómo se puede permanecer en una relación dolorosa, volver a ella incluso sabiendo que nada cambiará, y cómo el sufrimiento dentro de la relación puede resultar más soportable que el vacío fuera de ella, un vacío que no tiene que ver con la soledad práctica ni con la incapacidad de valerse por sí misma, sino con el lugar en el que se sitúa el sentido de lo que se hace y se es. Hasta el punto de que puede ocurrir que todo siga funcionando, el trabajo, los días, los vínculos, y que todo a la vez pierda color en el momento en que esa relación vacila, como si cada cosa valiera algo solo porque había alguien que la miraba suceder.

No es irracionalidad, es la lógica interna de quien siente que su propia identidad está en función de aquello que el otro necesita, de cómo el otro mira, de cuánto el otro aprueba, y hay incluso algo familiar en ese dolor, algo que se conoce y que por eso mismo resulta menos aterrador que lo desconocido de una vida distinta.

En el trabajo clínico con mujeres emerge, con una constancia que no puede ignorarse, un tema preciso, el de la mirada, no la mirada romántica sino aquella en el sentido más fundamental del término, la que dice te veo, existes, y que en la infancia constituye la experiencia a partir de la cual uno se reconoce como alguien, porque es buscando el propio reflejo en el rostro de quien nos cuida como se aprende a tener una forma. Cuando ese rostro no devuelve nada, o devuelve algo inconstante e imprevisible, algo queda abierto y a la espera, una pregunta que seguirá buscando respuesta en los vínculos posteriores.

Vale también la pena observar cómo muchas mujeres tienden, sin saberlo, a elegir relaciones que reproducen algo ya conocido, no por una búsqueda del sufrimiento sino porque fue de ese modo como aprendieron cómo se ama. Y así, en cada nueva historia se enciende la ilusión silenciosa de que esta vez pueda ir de otra manera, de que esta vez se logre obtener por fin aquello que entonces faltó, una apuesta que se renueva y que no puede ganarse, porque repite el problema en lugar de elaborarlo.

Nombrar el origen no significa repartir culpas hacia las madres, las familias, las historias de procedencia, sino entender de dónde viene cierto modo de estar en la relación, esa necesidad de ser vistas que a veces se vuelve más urgente que el bienestar y más fuerte incluso que el dolor, una necesidad que no es exclusivamente femenina pero que en las mujeres encuentra formas más fácilmente reconocibles, y que atraviesa muchos momentos de la vida y no solo las relaciones amorosas, porque se la encuentra en el modo en que algunas mujeres viven la maternidad, el trabajo, la amistad, cada espacio en el que la pregunta sobre quién se es vuelve a presentarse.

El nombre que da la relación

Una de las cosas que emerge con mayor frecuencia es cómo la relación amorosa es llamada a hacer algo que va más allá del amor mismo, y es construir una identidad, dar un nombre, ofrecer una ubicación en el mundo, porque convertirse en la novia de, la esposa de, la amada de no son posiciones vacías, llevan consigo un reconocimiento real, y sería ingenuo negar su peso.

La necesidad de ser reconocidas por el otro es por lo demás algo constitutivo, nadie existe al margen de la mirada que lo reconoce, y buscar confirmación en los vínculos es legítimo e inevitable. Hasta el punto de que el problema no está en buscar ese reconocimiento en la relación, sino en anclar la propia existencia a una sola relación amorosa como si fuera la única fuente posible, como si sin ella no quedara nada.

Es ahí donde emerge la fragilidad, no en la necesidad de ser vistas, que es humana, sino en el hecho de que esa única mirada se convierta en la condición de todo, y cuando esa estructura vacila, cuando el otro decepciona, traiciona o se aleja, la crisis no es solamente relacional, es una crisis de sentido, de identidad, de orientación, porque no existía otro lugar desde el que mirarse.

Qué puede cambiar

El trabajo terapéutico en estos procesos no consiste en convencer a alguien de dejar una relación ni en demostrar que está equivocada, sino en algo más lento y más profundo, que es crear las condiciones para que una mujer pueda interrogar su propio deseo en lugar de deducirlo del deseo del otro, y para que esa pregunta sobre sí misma deje de pasar enteramente por la mirada de alguien.

¿Quién soy cuando nadie me mira? ¿Qué quiero realmente, más allá de lo que he aprendido a querer ser? ¿Cómo distingo lo que deseo de lo que se ha deseado sobre mí?

Estas preguntas dan miedo, y abrir ese espacio requiere tiempo y valentía, pero es ahí, en ese espacio que se abre entre una misma y el vínculo, donde algo nuevo se vuelve posible, no la ausencia de relación, sino una relación en la que no sea toda la propia existencia la que esté en juego cada vez.

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